Una última confesión, un último viaje a la tumba, un último salto al vacío sin corazas ni egos y dejar sólo que sea el alma la que hable... Una carta desde lo más profundo, sin miedos ni corazas; eso que nunca se dijo por miedo a la vulnerabilidad; aquello que se guarda para no parecer "enamorado", para no perder "el poder", para no apearse del ridículo trono que se cree que es nuestro lugar, en vez de buscar un refugio en el sofá...
Creo que, cuando alguien ha significado lo suficiente como para haberte cambiado la vida, se merece una despedida bonita... Dejando el rencor del final, obviando las barreras inquebrantables que llevan a la separación, omitiendo aquello que dolió pero no llevó a ninguna parte... Esa despedida en la que se deja marchar a lo más amado sin dejar por decir aquello que lo convirtió en eso, único y especial; eso que hizo que el camino mereciera la pena, la alegría, pese a todo; todo lo compartido y superado, todo lo aportado en un crecimiento común; el apoyo en las situaciones necesarias, las primeras veces y todo aquello que, sin saber porqué, hizo creer, con convencimiento, que ése era el lugar... Con la ilusión de lo vivido y la pena del "no se pudo", sin despedidas ásperas que terminan estropeando todo lo demás.
Con un "gracias por haber sido"!
El soltar se hace duro siempre pero, haciéndolo bien, deja el trago agridulce de lo que fue y no llegó a ser... Con aceptación y calma, aunque se atragante ese desgarrador momento.
Por eso, con todo el amor que hubo, que no se nuble al final... Lo que con amor empieza, pese a todo, que termine así, aunque sea con otro enfoque...
